El hombre que creyó en una pequeña fruta, el arándano, cuando casi nadie sabía siquiera pronunciar su nombre
Por Amado Vázquez Martínez / Tierra Fértil
Hay personas que llegan a una industria cuando ésta ya alcanzó el éxito… Otras tienen la fortuna o el atrevimiento de verla nacer… pero Francisco Javier Ortiz Esquivel pertenece a esta última porque su historia corre paralela al crecimiento de las berries en México y, particularmente, de la del arándano, una fruta que hace poco más de dos décadas era prácticamente desconocida para la agricultura nacional y que hoy coloca al país entre los principales productores del mundo.
Quien conversa con él descubre pronto que no encaja en el perfil del empresario acostumbrado a hablar de cifras, mercados o liderazgo porque sus respuestas viajan primero hacia otras personas: productores, investigadores, técnicos chilenos y estadounidenses; recuerda empresas, variedades y lugares antes que sus propios logros.
EL PRINCIPIO DE TODO
La revolución comenzó mucho antes de que millones de consumidores incorporaran las berries a su alimentación cotidiana cuando en los años noventa, mientras la zarzamora empezaba a abrirse camino en los fértiles valles de Los Reyes, Michoacán, y la fresa ya era parte de la agricultura mexicana, se abría camino el fruto azul.
Y es que empresas chilenas y estadounidenses exploraban el occidente mexicano en busca de algo muy específico: producir fruta cuando los campos de Estados Unidos permanecían inactivos por el invierno y aquella ventana comercial cambiaría para siempre el destino de la horticultura nacional.
Primero llegó la zarzamora, después la frambuesa y el arándano apareció algunos años más tarde, ya en los albores del nuevo milenio, planta extraña para la mayoría de los agricultores mexicanos que provenía de regiones frías, con pocas variedades adaptadas a climas templados y prácticamente no había experiencia nacional para cultivarla… todo estaba por descubrirse.
UNA FRUTILLA DESCONOCIDA
Francisco Javier Ortiz Esquivel confiesa que tampoco conocía aquella pequeña fruta azul: «Yo no conocía la planta, no conocía el cultivo, no conocía la fruta y la conocí realmente en el 2003; para quienes tenemos más tiempo, es algo muy reciente», dice, al recordar aquellos años cuando no existían plásticos, tuberías ni sistemas de riego tan tecnificados como ahora.
La frase, pronunciada sin pretensiones, resume el tamaño del desafío de quien hoy es considerado por muchos uno de los padres del arándano en México, quien comenzó exactamente igual que todos: haciendo preguntas y observando parcelas experimentales.
Logró aprender de especialistas extranjeros que intentaban adaptar el cultivo a las condiciones subtropicales del país y en esa época nadie podía asegurar que aquellas plantas terminarían cubriendo miles de hectáreas ni que México se convertiría en una referencia mundial para la producción de berries.
TRAÍDA POR CHILENOS
Ortiz Esquivel suele decir que fueron los chilenos quienes trajeron buena parte del conocimiento… no le cuesta reconocerlo y al contrario, insiste en recordar a quienes llegaron primero y compartieron su experiencia.
Es un convencido de que ninguna industria nace por el esfuerzo aislado de una sola persona, pero también entiende que hubo alguien que debía creer que aquel conocimiento podía echar raíces en suelo mexicano… Él fue uno de esos hombres, quizá el primero.
Mientras otros observaban con cautela un cultivo que parecía demasiado nuevo para apostar por él, Francisco Javier comenzó a imaginar un futuro distinto y aunque no lo sabía todavía, aquella decisión terminaría cambiando también el rumbo de la vida del directivo de Berries Paradise.
SEMBRAR EN TERRENO VIRGEN
Toda gran transformación comienza con una apuesta y en el caso de Francisco Javier Ortiz Esquivel, esa apuesta consistió en creer que un cultivo desconocido podía convertirse en el futuro de la horticultura mexicana, pero no había garantías de éxito; sin embargo, no dio ningún paso atrás porque era un visionario.
Había, sí, parcelas experimentales, variedades que apenas se adaptaban al clima del occidente del país y un puñado de productores dispuestos a aprender una agricultura completamente distinta a la que conocían y que requería desconocidas tecnologías.
Cada nueva plantación era una lección y cada cosecha una prueba porque las berries exigían cambiar la forma tradicional de producir: había que dominar genética, nutrición, inocuidad, manejo postcosecha y una logística capaz de colocar fruta fresca en los mercados internacionales en horas, ya que no bastaba con sembrar sino aprender un nuevo idioma agrícola.
EL RESULTADO DE LA CONVICCIÓN
En ese proceso nació Berries Paradise, que más que una empresa, fue el resultado de una convicción: México podía competir con los mejores productores del mundo si hacía bien las cosas desde el principio y Ortiz Esquivel encontró en la empresa chilena Hortifrut un aliado para acelerar ese aprendizaje.
La experiencia acumulada durante décadas por los productores del hemisferio sur se combinó con las extraordinarias condiciones climáticas del occidente mexicano, donde era posible producir fruta durante buena parte del año y abastecer al mercado estadounidense cuando más lo necesitaba.
Con los años, aquella sociedad cumplió su ciclo y Berries Paradise continuó su propio camino hasta convertirse en una empresa cien por ciento mexicana, sostenida sobre una sólida base de producción propia y una red de agricultores asociados.
La diferencia era importante porque no se trataba únicamente de comercializar fruta, sino de producirla, cuidar su calidad desde el origen y ofrecer certidumbre a clientes cada vez más exigentes.
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