Ante el cambio climático e insumos caros, el modelo tradicional de producción de granos en México, especialmente maíz y trigo, debe cambiar a uno más sustentable y sostenible
Por Amado Vázquez Martínez
El campo mexicano enfrenta un presente lleno de contrastes: sequías prolongadas que parecen no dar tregua y, al mismo tiempo, lluvias torrenciales que inundan parcelas enteras y ante este escenario complejo en el que la autosuficiencia alimentaria en México apenas rondará el 41%, se hace necesario cultivar con técnicas probadas científica y técnicamente para producir más con menos.
El ingeniero José Guadalupe Flores Garza, investigador del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMyT) y especialista en maíz y trigo lo resume en una frase sencilla pero contundente:
«Tenemos que adaptarnos a esta situación de extremos, con altas y bajas temperaturas, con demasiada agua o con ausencia de ella porque cada vez es más complejo trabajar en el campo, especialmente para los productores de temporal».
La conversación con él se convierte en un recorrido por los retos y oportunidades del maíz, desde la necesidad de sistemas de producción más sustentables hasta la aplicación de nuevas tecnologías que permitan ahorrar agua, reducir costos y mantener a flote a los agricultores.
EL PROBLEMA
El director del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA), Juan Carlos Anaya, recuerda que los mejores niveles de autosuficiencia alimentaria se lograron en los años noventa, cuando se superaba el 60%, pero, desde entonces, la tendencia es negativa en las últimas décadas.
Entre 2018 y 2025, la caída en la autosuficiencia será la más acelerada, con reducciones de -9.9% y -4.9% en los periodos recientes: «El sexenio actual muestra el menor crecimiento en producción y la mayor pérdida de autosuficiencia en granos básicos», sostiene Anaya.
El balance es claro: México depende cada vez más del exterior para abastecerse de maíz, trigo y oleaginosas, ya que solo el frijol muestra algunas señales de una leve recuperación en algunas regiones del país.
La combinación de sequías, reducción de superficie, falta de financiamiento y programas asistenciales en lugar de apoyos productivos explica gran parte de esta crisis que afecta la productividad de granos.
DEPENDENCIA TOTAL
El director del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas apunta que debe recuperarse la producción de granos y con ello la autosuficiencia alimentaria, que rondará este año, de acuerdo con el GCMA, apenas del 42 por ciento.
Las cifras más recientes del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA) dibujan un escenario preocupante para el campo mexicano: La producción nacional de granos y oleaginosas ha caído de 40.1 millones de toneladas en 2018 a una proyección de 34.4 millones en 2025, mientras que el indicador de autosuficiencia pasará del 61% en 1994 al 42% en 2025.
«México se consolida como el segundo importador mundial de granos y oleaginosas, y ya es el primer comprador internacional de maíz, solo por debajo de China», advierte Juan Carlos Anaya, director del GCMA.

MAÍZ Y TRIGO
El caso del maíz es el más dramático: La producción se proyecta en 23.3 millones de toneladas en 2025, con una autosuficiencia de apenas 49%, frente al 87% registrado en 1994.
La sequía, la reducción de superficie sembrada y la falta de apoyos efectivos han llevado a que México importe crecientemente no solo maíz amarillo, sino también más maíz blanco, grano que históricamente había sido el pilar de la seguridad alimentaria nacional.
«Hemos dejado de ser autosuficientes incluso en maíz blanco, y esa es la señal más clara de que la política pública debe replantearse hacia la productividad», puntualiza Juan Carlos Anaya.
Otro cultivo en crisis es el trigo: La producción caerá a 1.8 millones de toneladas en 2025, el nivel más bajo de los últimos 40 años, con una autosuficiencia que apenas alcanzará 22 por ciento.
El país tendrá que importar alrededor de 6.5 millones de toneladas, lo que lo coloca en una situación de vulnerabilidad frente a la volatilidad de los mercados internacionales debido a los precios variables.
MÁS FRIJOL
«El trigo atraviesa una crisis estructural que no se resolverá con asistencialismo, sino con inversión en innovación, riego y semillas resistentes», enfatiza el director del GCMA.
En contraste con el maíz y el trigo, el frijol muestra una ligera recuperación: se proyecta una producción de un millón de toneladas en 2025, con una autosuficiencia cercana al 88%, después de haber caído a mínimos de 76% en años recientes.
El cultivo se beneficia de mejores condiciones climáticas y de prácticas más estables entre productores, aunque sigue vulnerable a fenómenos extremos como las sequías prolongadas registradas en ciclos agrícolas anteriores.
SIN AUTOSUFICIENCIA
El GCMA recuerda que los mejores niveles de autosuficiencia se lograron en los años noventa, cuando se superaba el 60%, pero, desde entonces, la tendencia es negativa en las últimas décadas.
Entre 2018 y 2025, la caída en la autosuficiencia será la más acelerada, con reducciones de -9.9% y -4.9% en los periodos recientes: «El sexenio actual muestra el menor crecimiento en producción y la mayor pérdida de autosuficiencia en granos básicos», sostiene Anaya.
El balance es claro: México depende cada vez más del exterior para abastecerse de maíz, trigo y oleaginosas, ya que solo el frijol muestra señales de recuperación.
La combinación de sequías, reducción de superficie, falta de financiamiento y programas asistenciales en lugar de productivos explica gran parte de esta crisis que afecta la productividad de granos.
«México necesita urgentemente recuperar la innovación y la tecnología en el campo. Si no modernizamos la agricultura, el déficit seguirá creciendo y la dependencia será insostenible», advierte el director del GCMA.
EJEMPLO MASAGRO
El análisis de Anaya expone que es indispensable retomar programas exitosos como MasAgro, que demostraron cómo mejorar rendimientos y reducir costos con prácticas sustentables.
El uso de semillas híbridas, agricultura de conservación y manejo agroecológico de plagas son herramientas que pueden cerrar la brecha entre la producción actual y la creciente demanda de granos básicos.
«No podemos seguir dependiendo del exterior para el alimento más importante del país. Con ciencia, tecnología y productores organizados, México puede volver a ser autosuficiente», sentencia Juan Carlos Anaya.

«México necesita urgentemente recuperar la innovación y la tecnología en el campo. Si no modernizamos la agricultura, el déficit seguirá creciendo y la dependencia será insostenible», advierte el director del GCMA Juan Carlos Anaya.
SUSTENTABILIDAD MODERADA
El programa MasAgro (Modernización Sustentable de la Agricultura Tradicional) fue lanzado en 2010, durante la administración federal de Felipe Calderón, como un proyecto de colaboración entre la Secretaría de Agricultura (SAGARPA en ese entonces) y el CIMMyT.
Su objetivo inicial fue modernizar la producción de maíz y trigo en México a través de prácticas sustentables, transferencia de tecnología y capacitación a productores, especialmente de pequeña y mediana escala.
Los estudios independientes, realizados por El Colegio de México y la Universidad Autónoma Chapingo, demostraron incrementos significativos en rendimiento, por ejemplo, en Jalisco pasó de 7.15 a 7.6 t/ha al aplicar las tecnologías de MasAgro.
Cuando se le pregunta a José Guadalupe qué tan sustentables son hoy los sistemas de producción de maíz y trigo en México, su respuesta es prudente: «Yo los pondría como moderadamente sustentables», asegura.
No se trata de una visión pesimista, sino realista. «Sí hemos avanzado, se han hecho cosas importantes desde diferentes frentes, tanto institucionales como de programas de gobierno, pero aún hay un gran potencial de mejora. Estas mejoras tienen que llegar a través de prácticas agrícolas regenerativas o sustentables, que no son una moda, sino una necesidad», explica.
Para él, el corazón de la sustentabilidad está en la conservación de los recursos naturales: agua, suelo y biodiversidad. «Si cuidamos, conservamos y recuperamos estos recursos, generamos un impacto doble: en la producción y en la permanencia de los recursos mismos», puntualiza.
Por eso impulsa la agricultura de conservación como base de toda innovación: «No lo resuelve todo, pero es la plataforma que permite avanzar en otros rubros: uso óptimo de fertilizantes, semillas adecuadas y manejo agroecológico de plagas».
ECONOMÍA Y MEDIOAMBIENTE
El gran dilema, reconoce el ingeniero, está en lograr que las prácticas sustentables también resulten viables para el bolsillo del agricultor. «Podemos impulsar técnicas para conservar la biodiversidad, pero si no impactan positivamente en la economía del productor, difícilmente serán adoptadas», advierte.
Ese equilibrio es clave: reducir costos y, al mismo tiempo, cuidar los recursos. «La prioridad de los campesinos es producir más y generar ingresos para sus familias. Por eso insistimos en que las prácticas deben demostrar beneficios económicos además de ambientales».
El ejemplo más claro es la agricultura de conservación: «Hemos logrado ahorros de hasta 30 por ciento en costos de producción», subraya. ¿Cómo? Reduciendo al mínimo el movimiento del suelo, lo que disminuye el uso de maquinaria, evita erosión y protege la microbioma del suelo.
A esto se suma dejar la cobertura vegetal en la superficie, lo que conserva humedad y protege contra la erosión eólica. «Si añadimos la rotación de cultivos –con girasol, leguminosas u otros– rompemos ciclos de plagas y mejoramos la estructura del suelo. El conjunto de estas prácticas nos da un campo más resiliente y productivo».

LOS FERTILIZANTES
En la plática surge uno de los temas más sensibles para los agricultores: los fertilizantes. El ingeniero recuerda cómo hace apenas tres años su costo se disparó hasta un 200%, poniendo contra la pared a los productores. «Es en ese momento cuando los agricultores buscan alternativas para ser más eficientes en el uso de los recursos», relata.
El CIMMyT ha trabajado en metodologías como la de las “4R”: aplicar la fuente adecuada, en la cantidad adecuada, en el momento adecuado y en el lugar adecuado. Hoy, gracias a herramientas como los análisis de suelo y los mapas de fertilidad, podemos aplicar con precisión lo que realmente requiere la planta», explica.
Estos cambios han traído consigo impactos económicos y ambientales. «El uso de tecnologías como el GreenSeeker, que mide en tiempo real las necesidades del cultivo, permite reducir la cantidad de fertilizantes sin sacrificar rendimientos», añade.
En estados como Sonora y Sinaloa, donde era común ver verdaderas “nubes de amoniaco” sobre los suelos, los productores han comenzado a adoptar estas prácticas más racionales. «El impacto ha sido muy positivo, con ahorros importantes y menos contaminación», asegura.
MANEJO AGROECOLÓGICO
Además de la eficiencia en los fertilizantes químicos, el especialista insiste en que los biofertilizantes y los abonos orgánicos regresan al centro de la conversación. «El estiércol de vacas, cerdos o pollos, junto con los bioinsumos, ofrecen alternativas más accesibles y sostenibles», dice.
El CIMMyT ha impulsado también el uso de feromonas para monitoreo de plagas, así como bioinsecticidas e insectos benéficos. «Se trata de usar la biología a favor de la agricultura: con las herramientas adecuadas, las aplicaciones son más eficientes y con menor carga química», señala.
En su visión, el manejo agroecológico no es una técnica aislada, sino parte de un sistema más amplio que combina agricultura de conservación, rotación de cultivos y tecnologías de monitoreo. «El objetivo es simple pero profundo: producir más con menos, reduciendo la presión sobre el medio ambiente».
LEGADO MASAGRO
La conversación se dirige hacia una iniciativa clave: MasAgro, el programa que marcó un antes y un después en la transferencia de tecnología. Flores Garza, quien participó en su diseño e implementación, recuerda su impacto.
«Aunque ya no tiene la cobertura de sus primeros años, la metodología de MasAgro sigue vigente. Nos dejó plataformas de investigación, módulos demostrativos y, sobre todo, la vinculación entre productores, técnicos e instituciones», enfatiza.
Hoy en día, el CIMMyT mantiene más de 40 plataformas de investigación en México, que generan ciencia y prácticas adaptadas a las distintas regiones del país. «Lo relevante es que los agricultores comparan, en sus propias parcelas, la innovación contra el sistema convencional. Y cuando ven los resultados, no hay mejor convencimiento».
Entre los resultados más destacados de MasAgro está la creación del Atlas Molecular del Maíz, una plataforma diseñada para facilitar el desarrollo de nuevas variedades mejoradas. «No podemos olvidar que México tiene el banco de germoplasma más grande del mundo en maíz, con más de 28 mil colecciones únicas. Esa es nuestra verdadera fortaleza», apunta con orgullo.

AGUA Y RENDIMIENTOS
«Con las metodologías de MasAgro hemos logrado incrementos promedio de entre 10 y 30% en rendimientos, y en algunos casos hasta el 100 %, sobre todo en regiones de bajos promedios como el sur-sureste», asegura.
Aclara que el reto no es solo producir más, sino hacerlo con rendimientos estables y permanentes. «Un incremento de una tonelada por hectárea puede cambiar la vida de un productor de temporal que antes apenas lograba subsistir».
En estados como Jalisco, Sinaloa o Guanajuato los incrementos no son tan espectaculares en volumen –pues ya están cerca del tope productivo–, pero el valor está en la reducción de costos y la estabilidad de la producción.
El agua es otro de los factores críticos en la agricultura. Flores Garza subraya que solo con agricultura de conservación se puede ahorrar hasta un 20% de agua. «Y si además combinamos con sistemas de riego por goteo o aspersión, el ahorro puede superar el 30%», precisa.
Estos ahorros no solo alivian la presión sobre los acuíferos, también representan menos gasto en energía eléctrica para el bombeo y menos horas de maquinaria en campo.
«El resultado es doble: menos presión sobre los recursos naturales y un bolsillo más aliviado para el productor», explica.
REDUCCIÓN DE GEI
El ingeniero comparte un dato contundente: con estas prácticas, se ha logrado reducir entre 16 y 20% las emisiones de CO₂ en las parcelas.
«Con menos pasos de maquinaria y menos aplicaciones de insumos, reducimos nuestra huella ambiental. Es un beneficio que no siempre se mide en pesos y centavos, pero que repercute en la salud del planeta», enfatiza.
Este enfoque, asegura, convierte a la agricultura de conservación en una herramienta clave no solo para los agricultores, sino también para el cumplimiento de los compromisos de México frente al cambio climático.
En el balance económico, los resultados son claros: los proyectos del CIMMYT han mostrado incrementos en rentabilidad de hasta 60 por ciento. «Esto significa que no solo producimos más con menos, sino que lo hacemos de manera más rentable», puntualiza.
La clave está en la combinación: ahorro de agua, reducción de fertilizantes, menor gasto en energía, menor presión en mano de obra y, sobre todo, un rendimiento más seguro. «Con esto, los agricultores tienen más certidumbre y más ingresos», señala.
AUTOSUFICIENCIA ALCANZABLE
En México se siembran alrededor de siete millones de hectáreas para maíz, pero solo en dos millones se usan semillas mejoradas. El resto son materiales nativos o híbridos que los productores guardan de sus cosechas.
«Eso limita el potencial productivo del país», lamenta. Aun así, sostiene que la autosuficiencia es posible. «Si logramos que las regiones de bajos rendimientos –como el sur-sureste, donde apenas se producen dos toneladas por hectárea– dupliquen su productividad, estaríamos muy cerca de la seguridad alimentaria».
El ingeniero subraya que el déficit más grande de México está en el maíz amarillo, destinado a la alimentación animal y a la industria. «Producimos poco, pero importamos millones de toneladas cada año», explica.
El problema es que muchas veces no existe un vínculo entre la producción nacional y las demandas del mercado. «En el sur-sureste hay maíz que se pierde por falta de postcosecha o de compradores, mientras que a nivel nacional seguimos importando volúmenes gigantescos», advierte.
Ahí entra el reto de la vinculación con mercados: producir no solo más, sino el tipo de maíz que requiere la cadena agroalimentaria. «De nada sirve tener excedentes si no hay a quién venderlos. Necesitamos cadenas de valor más articuladas».

A POSTCOSECHA
El especialista insiste en que el problema no termina en la cosecha. «En el sur-sureste, gran parte del maíz se pierde por plagas o falta de infraestructura de almacenamiento», señala.
En contraste, en el Bajío o el noroeste los granos prácticamente se venden directo desde la cosecha al comprador. «Son realidades distintas, y por eso las soluciones también deben ser distintas», explica.
El CIMMyT trabaja en tecnologías y prácticas para mejorar la postcosecha, reducir mermas y garantizar que el grano llegue al mercado en condiciones adecuadas. «Solo así podremos aprovechar mejor lo que producimos y disminuir nuestra dependencia de las importaciones», concluye.
Los datos hablan por sí solos: en México, más de un millón de hectáreas ya registran al menos una práctica sustentable adoptada, lo que involucra a más de 300 mil agricultores.
Si bien el número representa un avance, reconoce que todavía quedan alrededor de 6 millones de hectáreas de maíz donde las prácticas modernas y sustentables no se han generalizado. «El reto es enorme, pero los resultados que hemos visto nos confirman que es el camino correcto», afirma.
CIENCIA AGRÍCOLA
Flores Garza destaca que el CIMMyT no trabaja en solitario. «Todo lo que hacemos es en red: con gobiernos estatales, instituciones de investigación, universidades, técnicos y, sobre todo, con los productores», explica.
La infraestructura del centro incluye plataformas distribuidas en todo el país, donde se generan y validan innovaciones en condiciones reales de cada región. «Eso nos permite diseñar soluciones locales y demostrar, en campo, que funcionan», dice.
Cuando se le pregunta por la visión de futuro, Flores Garza no duda: México sí puede alcanzar la autosuficiencia en maíz, siempre que se adopten prácticas sustentables y se fortalezca la vinculación con los mercados.
«Si logramos duplicar los rendimientos en el sur-sureste y reducir pérdidas postcosecha, estaríamos muy cerca de cubrir nuestra demanda interna. Pero debemos hacerlo cuidando el agua, el suelo y la biodiversidad», asegura.
El ingeniero reconoce que la autosuficiencia no depende de un solo factor, sino de una combinación de ciencia, tecnología, políticas públicas y voluntad de los productores. «Tenemos las herramientas, el germoplasma y la experiencia. Lo que necesitamos es acelerar la adopción de estas prácticas».
«El campo mexicano tiene futuro si es sustentable. De lo contrario, el costo ambiental y social será demasiado alto» y habla de los agricultores que ya han adoptado nuevas prácticas: «Ahí está la prueba de que sí se puede. La ciencia está para servir al agricultor y al planeta».
LAS RECOMENDACIONES
Entre las recomendaciones para recuperar el creciente déficit en granos, por su parte, Juan Carlos Anaya cita que es necesario replantear la política pública hacia programas de productividad, innovación y asistencia técnica, en lugar de transferencias asistenciales.
Además deben restituirse los mecanismos de mercado como Ingreso Objetivo, Agricultura por Contrato y coberturas de precios.
Por otra parte, es importante enfrentar riesgos climáticos con tecnificación de riego, semillas resistentes y gestión sustentable del agua.
Aunado a ello, hay que diseñar una estrategia sexenal de autosuficiencia, con metas claras por cultivo y alianzas público-privadas que integren a pequeños, medianos y grandes productores.


