Los microorganismos como los hongos son como tener un médico de las plantas: no solo curan la enfermedad, sino que previenen, fortalecen y las mantienen sanas
Por Amado Vázquez Martínez
En el mundo agrícola, la palabra «hongo» suele asociarse con enfermedades o podredumbre, pero esa es solo una cara de la moneda porque en realidad, -junto con otros microorganismos benéficos-, son grandes aliados del productor, ya que a pesar de su pequeñez, su poder mejora los suelos, combate plagas y enfermedades de las plantas y mejora la absorción de nutrientes
Para conocer el papel que juegan estos seres vivos en la agricultura moderna, conversamos con el ingeniero Gustavo J. Ruelas Arellano, especialista en microbiología agrícola de EVOBAC, quien coordina un equipo dedicado a la aplicación práctica de microorganismos benéficos, en especial hongos, como una alternativa eficaz frente a los agroquímicos tradicionales.
DEFENSORES NATURALES
Los hongos benéficos actúan como auténticos defensores del cultivo: Al inocularse en el suelo o en las hojas, algunos de ellos se adhieren a los insectos plaga y, mediante enzimas, degradan su exoesqueleto hasta eliminarlos, mientras que otros atacan enfermedades radiculares o fúngicas que afectan el crecimiento de las plantas.
«No todos los hongos sirven para todas las plagas –explica Ruelas–. Por ejemplo, la Beauveria bassiana es eficaz contra insectos chupadores como pulgones y mosca blanca, mientras que el Metarhizium anisopliae actúa sobre gallina ciega o picudo. Cada uno tiene su especialidad y su modo de acción».
Además, algunos hongos cumplen una doble función: combaten plagas y, al mismo tiempo, movilizan nutrientes como fósforo y potasio, poniéndolos al alcance de las raíces, es decir, son organismos que alimentan y protegen a la planta a la vez.
CONTROLADORES FOLIARES
Uno de los usos más conocidos de los hongos benéficos es el control de plagas foliares –aquellas que atacan las hojas, tallos o flores– y en este campo destacan especies como Beauveria bassiana y Metarhizium anisopliae, cuyas esporas se aplican en pulverización y actúan como auténticos “cazadores biológicos”.
«El mecanismo es fascinante –describe el ingeniero Ruelas–: La espora se adhiere al insecto, penetra su cutícula y libera enzimas que lo degradan desde adentro; luego, el hongo se reproduce dentro del huésped y se propaga a otros individuos», proceso que permite reducir poblaciones de plagas como pulgones, trips, mosca blanca o picudos.
Cada hongo tiene sus especialidades: La Beauveria es menos agresiva pero más versátil, capaz de atacar hasta 600 especies distintas, aunque su capacidad de propagación entre insectos es limitada; mientras que el Metarhizium es más específico, pero su velocidad de contagio es mayor.
Por eso, los técnicos recomiendan combinarlos estratégicamente, siempre asegurando su compatibilidad bioquímica. «No se trata de mezclar a ciegas –advierte Ruelas– porque algunos hongos pueden competir entre sí o inhibirse mutuamente, por eso hay que conocer sus interacciones para lograr un control eficaz sin interferencias».

DESDE EL SUELO
«En el suelo, la estrategia cambia –explica Gustavo Ruelas–. Usamos hongos como Paecilomyces lilacinus o Purpureocillium lilacinum, que atacan a nematodos patógenos, o el Pochonia chlamydosporia, que coloniza sus huevos y los destruye», microorganismos que tienen la capacidad de sobrevivir en la tierra, aprovechar su humedad y proteger las raíces desde el entorno radicular.
Otros hongos combaten plagas aéreas desde su fase en suelo, como ocurre con algunas especies de áfidos o trips, cuyas larvas o pupas se resguardan bajo la superficie antes de atacar las hojas, por lo que se inocula en el suelo y disminuye la necesidad de aplicaciones aéreas.
Además, estos controladores de suelo tienen una enorme ventaja: su acción no genera resistencia en las plagas, o la genera a un ritmo mucho más lento que los agroquímicos para no perder eficacia.
CONTRA ENFERMEDADES
Uno de los mayores retos en la agricultura moderna es el control de enfermedades provocadas por hongos patógenos del suelo, como Fusarium, Rhizoctonia o Phytophthora, que afectan la raíz, la base del tallo y provocan marchitez o pudrición, pero frente a estas amenazas, los hongos benéficos también tienen un papel destacado como protectores naturales.
El caso más representativo es el del género Trichoderma, un hongo que actúa bajo varios mecanismos: puede competir por espacio y nutrientes, secretar sustancias que inhiben o degradan al patógeno, o incluso bloquear su acceso a las raíces mediante un efecto barrera, como un verdadero «vigilante de las raíces, pues si detecta un patógeno cerca, le impide colonizar».
Este hongo se ha convertido en una herramienta indispensable para los agricultores que enfrentan enfermedades persistentes en viveros o cultivos protegidos, donde los químicos han dejado de ser efectivos y tanto en Chile como en México, se usa cada vez más para contener el avance de plagas de suelo del chile, del jitomate y de otras hortalizas.
Además de su función como controlador biológico, Trichoderma moviliza nutrientes y los hace más disponibles para la planta, fortaleciendo su crecimiento, por ello es un aliado tanto en la defensa como en la nutrición. «Es una bendición tenerlo en el portafolio –señala Ruelas– porque cumple varias funciones en una sola aplicación».
MICORRIZAS Y SIMBIOSIS
Si hubiera que elegir al microorganismo simbiótico por excelencia, ese sería la micorriza, que genera la alianza natural entre un hongo y la raíz de una planta, es decir, es un pacto de cooperación mutua: el hongo se adhiere o penetra la raíz y, a cambio de azúcares producidos por la planta, expande su red de hifas bajo tierra, aumentando la capacidad de absorción de agua y nutrientes.
«La micorriza es el primer aliado natural de las raíces –asegura el ingeniero Ruelas–. Pero ojo, no cualquier micorriza sirve para cualquier planta porque son relaciones muy específicas, casi como un traje a la medida, pues si usamos una especie no compatible, su efectividad será mínima o nula».
Por eso, el manejo de micorrizas requiere más que solo aplicar un producto, ya que falta conocer la especie del cultivo, la cepa del hongo y el tipo de suelo. Cuando se combinan adecuadamente, pueden mejorar la absorción de fósforo, nitrógeno y agua, además de proteger contra patógenos del suelo.
Aunque su uso masivo aún presenta desafíos –por la especificidad de las cepas y la variabilidad de su comportamiento–, las micorrizas representan una promesa real para la agricultura sustentable, especialmente en suelos empobrecidos o erosionados: Son el inicio perfecto para cualquier estrategia de restauración o manejo biológico del suelo.

«Los hongos no solo controlan plagas o enfermedades; también ayudan a las plantas a alimentarse mejor y a defenderse por sí mismas»: Ing. Gustavo J. Ruelas Arellano.
BENEFICIOS ECONÓMICOS
Más allá de sus ventajas biológicas, los hongos benéficos representan también una oportunidad económica para los agricultores porque su uso puede reducir considerablemente los gastos en agroquímicos, mejorar la eficiencia de los fertilizantes y prolongar la vida productiva de las plantas.
«Hablamos de herramientas que cuestan hasta un 40% menos que los productos químicos convencionales –afirma Gustavo Ruelas–, pero su verdadero valor está en que permiten una rotación inteligente, evitando la generación de resistencias y mejorando la sanidad general del cultivo».
Cuando los hongos trabajan junto con la planta y el suelo, se inicia un proceso de restauración del ecosistema agrícola: mejoran la estructura del suelo, movilizan nutrientes, y transforman la materia orgánica en alimento disponible para las raíces.
Además, como señala Ruelas, «el suelo es un recurso que no podemos darnos el lujo de perder y por esta causa restaurarlo y mantenerlo vivo es clave para cualquier sistema agrícola rentable y sostenible». Por eso, los microorganismos –y en especial los hongos– son considerados hoy aliados estratégicos dentro del manejo integrado de cultivos.
MÉDICO DE SUELOS
Podría decirse que los hongos benéficos son para las plantas lo que un buen médico es para un paciente: no solo curan la enfermedad, sino que previenen, fortalecen y acompañan en el proceso de mantenerlo sano, pues en lugar de combatir los síntomas, van al origen del problema, restauran el equilibrio del suelo y refuerzan las defensas naturales de los cultivos.
«Nos gusta pensar que los hongos actúan como médicos silenciosos –reflexiona Gustavo Ruelas–. Están ahí, en el suelo o sobre la planta, haciendo su trabajo sin que el productor lo note a simple vista, pero los resultados se reflejan en cosechas más sanas, más abundantes y con menos costos de producción».
Así como un médico estudia a fondo la enfermedad antes de recetar un tratamiento, el agricultor del siglo XXI necesita conocer y entender a estos “aliados invisibles” que lo pueden ayudar a prevenir plagas, enfermedades y desgastes del suelo.
Los hongos bien aplicados son aliados que no solo curan… también enseñan a la planta y al productor a vivir mejor en su entorno, comenta Gustavo J. Ruelas Arellano.

