LA CIENCIA NO SIEMPRE AVANZA CON DESCUBRIMIENTOS ESPECTACULARES PORQUE A VECES COMIENZA CON ALGUIEN QUE DECIDE DETENERSE CUANDO TODOS SIGUEN CAMINANDO

Por Amado Vázquez Martínez / Tierra Fértil

Durante siete años, César Eduardo Ballesteros Aguirre recorrió los bosques de San Sebastián del Oeste, Jalisco, para seguir el rastro de un organismo casi invisible, búsqueda que terminó con el descubrimiento para la ciencia mundial de seis especies nuevas de hongos que convierten a las hormigas en zombis y confirmó que los bosques de Jalisco todavía esconden un extraordinario patrimonio biológico.

En las cercanías del Jardín Botánico Haraverí, reserva natural protegida de 11 hectáreas ubicada en San Sebastián del Oeste, no buscaba árboles… Tampoco aves, orquídeas ni mamíferos, porque mientras cualquiera levantaría la vista para admirar el paisaje, el científico Ballesteros Aguirre caminaba observando el suelo, hojas húmedas y ramas caídas donde buscaba una hormiga inmóvil aferrada a una planta.

Esa intuición lo llevó a regresar una y otra vez a los bosques de la Sierra Occidental de Jalisco durante siete años en los que recorrió senderos, reunió muestras, trabajó en el laboratorio y comparó cada ejemplar con colecciones científicas de distintas partes del mundo y el resultado fue extraordinario:

La descripción de seis nuevas especies de hongos del género Ophiocordyceps, conocidas popularmente como «hongos zombi», un trabajo publicado en la revista internacional Persoonia, una de las publicaciones de mayor prestigio en el estudio de la evolución y clasificación de los hongos.

Pero quizá el descubrimiento más importante no fueron únicamente esas seis especies, sino comprobar que el bosque todavía conserva innumerables secretos para quien tenga la paciencia de detenerse a observarlos.

UN BOSQUE BAJO LOS PIES

No era casualidad que Ballesteros caminara mirando el suelo, ya que los hongos que buscaba viven ocultos entre la humedad del bosque y pasan inadvertidos incluso para quienes recorren esos senderos con frecuencia, organismos diminutos que completan uno de los ciclos más sorprendentes de la naturaleza.

Las esporas del hongo penetran el cuerpo de una hormiga y comienzan a desarrollarse en su interior y conforme avanza la infección, el insecto modifica su comportamiento hasta sujetarse con la mandíbula a una hoja o una rama baja.

Ahí muere y días después, del cuerpo emerge una delicada estructura que libera nuevas esporas para reiniciar el ciclo y por esa extraordinaria estrategia evolutiva, el género Ophiocordyceps, es conocido popularmente como el de los «hongos zombi». Sin embargo, detrás del nombre hay millones de años de evolución y un sofisticado mecanismo de adaptación.

Para la mayoría de los excursionistas, aquella hormiga apenas sería un insecto muerto adherido a una planta, pero para un micólogo, en cambio, representa una posibilidad científica porque cada ejemplar puede pertenecer a una especie ya conocida… o convertirse en un organismo completamente nuevo para la ciencia.

Esa posibilidad fue la que mantuvo vivo el interés del investigador durante años y expedición tras expedición comenzaron a aparecer ejemplares con características distintas con diferencias sutiles, casi imperceptibles, pero suficientes para despertar una sospecha: los bosques de San Sebastián del Oeste quizá resguardaban una diversidad de Ophiocordyceps mucho mayor de la que hasta entonces se conocía.

LAS HORMIGAS PARASITADAS POR HONGOS ZOMBIS



SIETE AÑOS PARA DEMOSTRARLO

Encontrar una muestra en el bosque era apenas el principio porque cada ejemplar regresaba al laboratorio para iniciar un proceso mucho más largo que una caminata entre los senderos de San Sebastián del Oeste.

Había que fotografiarlo, medirlo, comparar cada una de sus estructuras con descripciones publicadas en distintas partes del mundo y, finalmente, analizar su ADN para reconstruir su parentesco evolutivo y solo entonces era posible responder la gran pregunta: ¿se trataba de una especie conocida o de un organismo que nunca había sido descrito?

Conforme avanzaban los estudios, la sospecha inicial comenzó a fortalecerse. Aquellos diminutos hongos no coincidían con ninguna de las especies registradas hasta ese momento. La intuición nacida en el bosque encontraba respaldo en la evidencia científica.

El trabajo dejó de ser la investigación de un solo estudiante para convertirse en un esfuerzo colectivo encabezado por la Universidad de Guadalajara bajo la dirección de la doctora Laura Guzmán-Dávalos y con la participación de especialistas de México y Colombia, trabajo en el que cada resultado fue revisado y contrastado antes de ser enviado a evaluación internacional.

La espera terminó en diciembre de 2025: La revista Persoonia, una de las publicaciones de mayor prestigio en filogenia y evolución de los hongos, aceptó el estudio y con ello quedaron descritas oficialmente seis nuevas especies del género Ophiocordyceps, pues lo que comenzó con una hormiga inmóvil en un bosque de Jalisco pasó a formar parte del conocimiento científico mundial.

Pero el hallazgo tenía todavía un capítulo inesperado: Entre los seis nuevos nombres científicos aparecería uno que trascendería los laboratorios y despertaría la curiosidad del público al ser bautizado como Ophiocordyceps deltoroi, en honor al cineasta de fama mundial Guillermo del Toro, oriundo de Guadalajara, capital de Jalisco, tierra donde fueron localizados estos hongos.

UN HOMENAJE LLAMADO DEL TORO

La dedicatoria fue para el cineasta jalisciense Guillermo del Toro, cuya obra ha convertido a los organismos extraordinarios, las criaturas fantásticas y los mundos invisibles en parte de un universo creativo reconocido internacionalmente y para los investigadores, pocas figuras representan mejor el asombro por aquello que normalmente permanece oculto a los ojos.

La coincidencia tenía además un significado especial. Tanto el director de cine como el equipo responsable de la investigación comparten un vínculo con la Universidad de Guadalajara, institución desde la cual se desarrolló este trabajo científico que hoy forma parte de la literatura internacional sobre biodiversidad.

Durante la entrevista, César Ballesteros comentó que intentaron hacer llegar la publicación al director jalisciense a través de redes sociales. Ignora si el mensaje llegó a su destino, pero eso ya es casi una anécdota porque lo verdaderamente importante es que, desde ahora, el nombre de Guillermo del Toro quedó ligado para siempre a una especie descubierta en los bosques de Jalisco.

Sin embargo, más allá de ese homenaje, el verdadero legado del estudio es mucho mayor. Las seis especies amplían el conocimiento mundial sobre un grupo de hongos apenas explorado y confirman que la biodiversidad mexicana todavía conserva innumerables organismos esperando ser descritos.

MUCHO MÁS QUE UN HONGO CURIOSO

La historia de los hongos Ophiocordyceps podría quedar-se en el terreno de la curiosidad científica. Sin embargo, para los investigadores representa mucho más que un fenómeno sorprendente de la naturaleza porque cada nueva especie descrita ayuda a comprender cómo funcionan los ecosistemas y abre la puerta a futuras investigaciones con aplicaciones en la agricultura, la biotecnología y la salud.

Los hongos descubiertos en Jalisco pertenecen al grupo de los hongos entomopatógenos, organismos que de manera natural regulan las poblaciones de insectos, capacidad que ha despertado el interés de la agricultura moderna desde hace décadas.

Los géneros como Beauveria y Metarhizium ya se emplean como agentes de control biológico para reducir el uso de insecticidas químicos en diversos cultivos y aunque las especies recién descritas aún pertenecen al ámbito de la investigación básica, amplían el conocimiento de un grupo biológico con enorme potencial científico.

«Primero hay que conocer la biodiversidad antes de pensar en aprovecharla», resume César Ballesteros durante la entrevista, frase que sintetiza el verdadero sentido del trabajo porque nadie puede desarrollar nuevas aplicaciones agrícolas, farmacológicas o industriales sobre organismos que ni siquiera han sido identificados.

Cada especie nueva es una biblioteca genética que comienza a abrirse, cuyos compuestos químicos, sus mecanismos de adaptación y su relación con los insectos podrían aportar respuestas a preguntas que hoy ni siquiera han sido formuladas y por eso, descubrir una especie no significa cerrar una investigación; significa abrir decenas de nuevas líneas de estudio.

En ese sentido, los seis hongos descritos en los bosques de San Sebastián del Oeste representan mucho más que un logro académico, pues son una demostración de que la riqueza biológica de México es una de las grandes reservas de conocimiento del planeta y de que invertir en ciencia básica es indispensable para construir las soluciones del futuro.

EL BOSQUE AÚN NO TERMINA DE HABLAR

La publicación en Persoonia marcó el final de una investigación, pero no el de la historia. Mientras muchos celebrarían el descubrimiento de seis nuevas especies, César Ballesteros ya piensa en la siguiente expedición, ya que sobre los estantes del laboratorio descansan más de dos mil ejemplares de hongos recolectados durante años de trabajo y la mayoría aún espera ser estudiada.

Cada caja guarda pequeñas muestras que para cualquiera pasarían inadvertidas, pero para un taxónomo, en cambio, representan cientos de preguntas sin responder, pues entre ellas podrían encontrarse nuevas especies, registros nunca documentados o piezas que ayuden a comprender mejor la extraordinaria diversidad de los hongos entomopatógenos de México.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de esta historia: La ciencia no siempre avanza con descubrimientos espectaculares porque a veces comienza con alguien que decide detenerse cuando todos siguen caminando, con alguien que observa una hormiga donde los demás sólo ven hojas secas. Durante siete años, César Eduardo Ballesteros Aguirre aprendió a leer un lenguaje que el bosque lleva escribiendo desde hace millones de años y gracias a esa paciencia, seis especies nuevas entraron al patrimonio científico de la humanidad… pero el bosque de San Sebastián del Oeste toda- vía no ha dicho su última palabra.

Leer nota completa en: la revista digital tierrafertil.com.mx/revista Pág. 35

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