Luis Javier de la Rocha Zazueta
PARA LUIS JAVIER DE LA ROCHA ZAZUETA, DIRECTOR GENERAL DE LA APEAM, EL AGUACATE MEXICANO SE HA CONSOLIDADO COMO UN MODELO DE INTEGRACIÓN ECONÓMICA ENTRE MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS
Por Amado Vázquez Martínez / Tierra Fértil
La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) vuelve a colocar sobre la mesa los grandes temas del comercio regional: competitividad, empleo, reglas sanitarias, cadenas de suministro y seguridad económica, pero, como en pocas ocasiones, esas discusiones distinguen entre sectores que enfrentan conflictos comerciales y aquellos que han demostrado que la integración es un beneficio compartido y precisamente el aguacate pertenece a este último grupo.
Más que un producto de exportación, se ha convertido en una de las cadenas agroalimentarias mejor articuladas de América del Norte, pues detrás de cada embarque existe una red de productores, empacadores, transportistas, inspectores fitosanitarios, distribuidores y comercializadores que operan bajo reglas comunes y un objetivo compartido: garantizar un suministro seguro, continuo y confiable para millones de consumidores estadounidenses.
UN PROCESO DE TRES DÉCADAS
Ese proceso no surgió de manera espontánea, sino que es resultado de casi tres décadas de cooperación técnica entre instituciones públicas y privadas de ambos países, esfuerzo que hoy constituye uno de los mayores activos de la relación comercial bilateral.
Sobre esa realidad reflexiona Luis Javier de la Rocha Zazueta, director general de la Asociación de Productores y Empacadores Exportadores de Aguacate de México (APEAM), quien plantea que el aguacate representa uno de los casos más exitosos de integración económica construidos al amparo del tratado comercial.
Como señala en su ensayo denominado «Aguacate mexicano: un activo estratégico para Estados Unidos», «el comercio del aguacate Hass entre México y Estados Unidos constituye uno de los ejemplos más exitosos de integración económica bilateral en el marco del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC)».
La afirmación no busca únicamente destacar el crecimiento de las exportaciones. Invita a observar una transformación mucho más profunda: la creación de una cadena de valor donde el intercambio comercial dejó de medirse exclusivamente por toneladas o dólares para sustentarse en confianza institucional, reglas compartidas y una coordinación permanente entre autoridades sanitarias y el sector productivo.
Por ello, el director general de APEAM advierte que «ignorar esta experiencia durante la revisión del tratado implicaría pasar por alto uno de los pocos casos en que el libre comercio no sólo incrementó el intercambio de bienes, sino que fortaleció cadenas productivas, generó empleo en ambos lados de la frontera y elevó los estándares sanitarios y ambientales» y por ello, el aguacate mexicano ofrece, quizá, uno de los ejemplos más sólidos de esa integración.
Esa reflexión cambia el enfoque del debate: La discusión sobre el T-MEC no debería limitarse a determinar cuánto vende un país y cuánto compra el otro. También tendría que valorar cuáles sectores han construido mecanismos de cooperación capaces de generar prosperidad compartida y fortalecer la competitividad regional.
El principal argumento de quienes cuestionan los tratados comerciales suele ser el mismo: cuando un país exporta más, el otro pierde empleos o capacidad productiva, pero el caso del aguacate mexicano demuestra que esa lógica no siempre se cumple.
Leer nota completa en revista edición Agosto, Página 26

