Por Amado Vázquez Martínez / Tierra Fértil
Hay empresas que nacen de un plan de negocios y otras que nacen de una intuición, pero la historia de Horacio Fernández Castillo no pertenece del todo a ninguna de las dos, porque nació, más bien, de una mezcla extraña entre la lectura del mundo, las caídas repetidas y una convicción obstinada: México tenía algo que decir desde uno de sus ingredientes más antiguos.
Hace cuatro décadas, cuando la cocina mexicana apenas comenzaba a abrirse paso fuera de las fronteras y el concepto de alimentos naturales era todavía una tendencia emergente, él observó algo que otros no veían: el chile, ese fruto domesticado hace miles de años en Mesoamérica, podía convertirse en embajador global, sin que imaginara todavía la dimensión del fenómeno, pero el camino ya estaba trazado.
Hoy, ese sueño tiene nombre: Tajín.
La empresa que dirige y que está asentada en Jalisco emplea a alrededor de mil 500 personas de manera directa y, al incorporar las actividades agrícolas vinculadas, la cifra alcanza unas siete mil 500 personas, pero su presencia ya no se limita a México: el producto viaja por cerca de 70 países y busca consolidarse como la compañía de chile más importante del mundo.
Pero detrás de las cifras existe otro relato: el de un empresario que quebró tres veces y quien es un ser humano profundamente convencido de que sus trabajadores no solo son la fuerza laboral, sino la savia que fluye dentro de la gran planta llamada Tajín.
LAS QUIEBRAS QUE NO APARECEN EN LA ETIQUETA
En el imaginario popular, el éxito suele presentarse limpio, lineal y brillante, pero Horacio desmonta esa idea apenas comienza a hablar, ahí en un cómodo sillón, con quien esto escribe, en la Exhacienda El Refugio, del municipio de Tala, Jalisco.
Recuerda que en 1994 enfrentó una tercera quiebra empresarial que fue profunda y lo obligó a recomenzar otra vez desde abajo, incluso –dice él– desde «menos cero»; sin embargo, aquel golpe modificó algo más importante que las finanzas: cambió su escala de valores.
Empezó a mirar distinto a su esposa, a sus hijos pequeños y al trabajo cotidiano, además, cada jornada dejó de ser rutina para convertirse en regalo.
La experiencia dejó una enseñanza sencilla: todos caen; la diferencia está en quién vuelve a levantarse.
Y quizá allí se encuentra una de las claves del personaje: No habla como quien presume una fortuna… habla como alguien que todavía conserva memoria del derrumbe.
EL CHILE QUE CONQUISTÓ EL MUNDO
El origen empresarial tampoco fue convencional: Antes
de convertirse en una marca global, el proyecto nació dentro de una empresa dedicada a granos y semillas cuando el equipo observaba ferias internacionales, seguía tendencias y estudiaba comportamientos de consumo.
A principios de los años ochenta detectaron dos movimientos simultáneos: el crecimiento de los productos naturales y el ascenso de la cocina mexicana en Estados Unidos y otros mercados.
La apuesta fue producir y comercializar un chile en polvo mexicano natural como el que -cuenta la leyenda-, le preparaba su abuela, que elaboraba una salsa con siete chiles… pero lo que vino después transformó la categoría.
El fenómeno alcanzó tal magnitud que, en varios mercados internacionales, el consumidor ya no pide chile en polvo condimentado: pide Tajín, porque el nombre comercial terminó convirtiéndose en referencia cultural y sinónimo de chile mexicano.
No es casualidad que eligiera esa palabra: «Tajín» remite al corazón mesoamericano, a la antigua ciudad ceremonial totonaca en Veracruz, uno de los símbolos más profundos del origen cultural mexicano. El nombre era corto, fácil de pronunciar y cargado de identidad. «No hay lugar más mexicano», resume Horacio.
La empresa entendió algo antes que muchos: exportar alimentos no siempre significa vender mercancías; a veces significa exportar memoria y cultura, las raíces de lo mexicano.
LA RIQUEZA COMPARTIDA
Si algo diferencia a Horacio de la narrativa empresarial clásica es su insistencia en regresar siempre a las personas.
«La empresa no sirve para nada si no sirve a la persona», repite como filosofía central.
En Tajín, asegura, la inversión no se mide únicamente en maquinaria o expansión. Durante años reinvirtieron el total de las utilidades y actualmente mantienen porcentajes cercanos al 90 por ciento dentro del negocio. Parte de los recursos restantes se orientan a educación.
Allí aparece otro rostro menos conocido del empresario: La compañía impulsa programas educativos para colaboradores: alfabetización, primaria, secundaria, preparatoria y estudios universitarios financiados sin obligación de permanencia laboral. El objetivo, sostiene, no es retener empleados sino compartir oportunidades.
Habla de una humilde trabajadora que terminó la preparatoria y se preparaba para estudiar Derecho.
La historia parece pequeña… pero no lo es.
En realidad explica una visión completa del desarrollo: crear riqueza, sí; pero también distribuirla y además mejorar el cultivo sustentable de nuevas variedades de chiles -como el Yahualica, que tiene Denominación de Oigen-.
EL RETO QUE TODAVÍA NO TERMINA
Después de cuarenta años, presencia internacional y millones de consumidores, podría suponerse que la meta está cumplida.
No para él.
Cuando se le pregunta qué quiere dejar, no menciona nuevas plantas, exportaciones ni ventas.
Habla de filosofía: Quiere construir una cultura que sobreviva generaciones; una manera de entender la empresa como instrumento de servicio y no únicamente como fábrica de utilidades.
Y después aparece la ambición empresarial: Convertir
«LA EMPRESA NO SERVE PARA NADA SI NO SIRVE A LA PERSONA»: HORACIO FERNÁNDEZ CASTILLO, FUNDADOR DE TAJÍN
a Tajín en la compañía de chile más importante del planeta -que hoy produce toda una gama de salsas líquidas, en polvo y chiles secos como chile de árbol, guajillo y pasilla para condimentar alimentos, mezclas que sazonan frutas, verduras, huevo o carne como alitas y pollo frito, e incluso existe una versión reducida en sodio, entre otros productos- no parece una meta imposible.
Después de todo, el hombre que hoy dirige una marca presente en decenas de países alguna vez volvió a empezar desde las cenizas de tres quiebras.
Quizá por eso entiende algo que pocos empresarios expresan en voz alta: que el verdadero patrimonio no son las plantas industriales, ni las exportaciones, ni las cifras.
Es la gente.
Y tal vez allí reside el secreto de Tajín: detrás del chile, el limón y la sal existe una historia mucho más humana.
Una historia donde un producto con raíces milenarias dejó de ser únicamente condimento para convertirse en identidad mexicana con pasaporte internacional.

