El mejoramiento genético maximizó rendimientos, pero el cambio climático ha modificado esa lógica y ya no se trata solo de cuánto produce una planta, sino de cuándo y cómo resiste el estrés hídrico
Por Amado Vázquez Martínez
En el campo mexicano, donde el maíz es historia, identidad y sustento, la pregunta ya no es solo qué sembrar, sino cómo sobrevivir a un clima cada vez más errático. Sequías intermitentes, lluvias mal distribuidas y costos crecientes han puesto a prueba no solo al productor, sino a la ciencia detrás de la semilla.

Hoy, la evolución genética del maíz avanza entre dos grandes caminos: la búsqueda de rendimiento y la urgencia de adaptación, dice en entrevista el profesor del CUCBA, especialista en semillas, José Sánchez Martínez, cuya conclusión es contundente:
«Ya no estamos en un escenario donde el mejor maíz sea el más productivo, sino el que logra sobrevivir».
La sequía cambió las reglas del juego
Durante décadas, el mejoramiento genético se enfocó en maximizar rendimientos. Sin embargo, el cambio climático ha modificado esa lógica. Ya no se trata solo de cuánto produce una planta, sino de cuándo y cómo resiste el estrés hídrico.
El especialista lo explica con claridad técnica: «La sequía ya no se presenta en un solo periodo; ahora aparece en etapas intermedias, puede llover, dejar de llover y volver a llover, lo que complica el desarrollo del cultivo».

Este fenómeno ha obligado a replantear el desarrollo genético del maíz. Los materiales precoces —de ciclo corto— han ganado terreno porque permiten “escapar” a condiciones adversas, pero no sin consecuencias.
«Un material precoz puede producir hasta 40% menos que uno de ciclo largo, porque acumula menos materia seca», advierte.
Y lo ilustra con una analogía sencilla: «Es como tres personas que trabajan distinto tiempo: el que trabaja más meses gana más. Así funciona el maíz: el de ciclo largo rinde más porque trabaja más tiempo».
Distribución de lluvias: más importante la cantidad
Uno de los puntos más finos de la entrevista es la importancia de la distribución del agua, más allá del volumen total. «No importa tanto cuánta agua cae, sino cómo se distribuye. El cultivo necesita humedad en etapas clave: germinación, floración y llenado de grano», explica.
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