Con ganancias de 10 mil a cinco mil dólares por hectárea, esta planta puede producir durante unos 12 años con buenos cuidados y con las medidas preventivas necesarias

Por Amado Vázquez Martínez

En la franja árida del noroeste de México, donde el sol y la arena se combinan con tecnología y tradición, el espárrago ha encontrado un hogar privilegiado y allí, en los campos de Hermosillo y Caborca, se desarrolla uno de los cultivos más rentables y cotizados en los mercados internacionales: el espárrago verde sonorense. 

Mario Baranzini Aguirre, director de una empresa productora, procesadora, comercializadora y exportadora de espárragos y pimientos, sabe de lo que habla: Es agroproductor de cuarta generación en el negocio agrícola familiar que ha visto cómo la región se consolidó como la principal zona productora de espárrago de México y, en algunas temporadas, competidora directa de potencias mundiales.

LA HISTORIA

El espárrago (Asparagus officinalis L.) es una hortaliza perenne cuyo cultivo se remonta a más de 2000 años, cultivo originario de las regiones costeras y fluviales del Mediterráneo oriental, que ya era apreciado en el Antiguo Egipto y mencionado por griegos y romanos como alimento y planta medicinal. 

Los romanos lo cultivaban en huertos y lo secaban para consumirlo fuera de temporada; incluso, el emperador Augusto popularizó la frase «citius quam asparagi coquuntur» («más rápido que se cuecen los espárragos») para referirse a algo inmediato.

Durante la Edad Media, el cultivo se mantuvo en pequeños huertos monásticos, reintroduciéndose con fuerza en Europa en el Renacimiento, especialmente en Francia e Italia, donde seleccionaron variedades más tiernas y productivas.

EN AMÉRICA

El espárrago llegó a América con los conquistadores españoles en el siglo XVI, pero su expansión inicial fue lenta debido a que requiere climas templados o desérticos y su establecimiento es más costoso que otros cultivos.

En México, las primeras siembras comerciales se registraron en Baja California y Sonora a mediados del siglo XX, impulsadas por la demanda de Estados Unidos. El clima árido del noroeste –con inviernos suaves y abundante radiación solar– resultó perfecto para obtener espárragos de calidad superior.

En las décadas de 1970 y 1980, con la adopción del riego por goteo y variedades más adaptadas, Sonora se consolidó como líder nacional en producción de espárragos y en uno de los principales exportadores mundiales.

LA HIBRIDACIÓN

En su forma silvestre, el espárrago era más delgado, fibroso y con menor rendimiento, pero el mejoramiento genético moderno –primero mediante selección tradicional y después con hibridación– permitió obtener variedades híbridas más vigorosas, resistentes a enfermedades y con ciclos productivos más largos.

En México, se cultiva principalmente espárrago verde, aunque existen híbridos que permiten producir espárrago blanco bajo condiciones controladas (túneles oscuros o cultivo subterráneo). Entre las variedades más usadas están híbridos importados de California y Europa, seleccionados por su precocidad, grosor y vida de anaquel.

El trabajo de hibridación se ha centrado en incrementar el rendimiento por hectárea; mejorar la uniformidad y grosor de turiones; reducir susceptibilidad a fusarium y otras pudriciones, además de ajustar el ciclo a las ventanas de mayor precio en el mercado de exportación.

EL CULTIVO

«En Sonora hay alrededor de 15 mil hectáreas sembradas, casi todas con riego por goteo. Nuestra producción se concentra en Caborca, pero también tenemos campos en Hermosillo. Entre ambas zonas, el clima desértico y la tecnología han hecho que nuestro espárrago tenga calidad de exportación», explica.

El espárrago es exigente desde el principio, ya que prefiere suelos franco–arenosos, de buena filtración y profundidad, pues la acumulación de agua puede derivar en problemas graves de hongos en la raíz.

La preparación inicia con barbecho, rastra y crepa, asegurando una inclinación ligera de entre 0.5% y 1% para el drenaje natural del agua para evitar los encharcamientos, pues la planta es muy sensible a los hongos radiculares y por ello es necesario tener suelos ligeros que drenen bien. 

La elección del terreno es vital: una vez establecido, el cultivo puede permanecer productivo entre 10 y 12 años, por lo que cualquier error inicial se pagará durante toda su vida útil y en regiones con suelos arcillosos, como parte del Bajío, la producción se complica en temporada de lluvias debido a la pudrición radicular.

En Sonora, la preparación de tierra comienza en abril y la siembra directa –sin acolchado–, se realiza en octubre, aprovechando temperaturas moderadas para una germinación más rápida y la siembra es con semilla, a menudo importada de California por  la similitud de clima, aunque también se emplean variedades nacionales.

SU MADURACIÓN

«En Caborca, buscamos salir temprano al mercado, porque en enero los precios son los mejores», comenta y añade que en siembra directa, se colocan entre 30 y 35 semillas por metro lineal en dos hileras, alcanzando 50 a 70 semillas por metro, con surcos separados dos metros entre centros y el riego por goteo es norma: más del 95% de las parcelas lo emplean para optimizar el agua.

Una vez sembrado, el espárrago inicia un ciclo vegetativo que dura entre 12 y 14 meses antes del primer corte comercial. Durante ese tiempo, la prioridad es fortalecer el sistema radicular y desarrollar un follaje sano, que en condiciones óptimas puede alcanzar hasta 2.5 metros de altura.

Al llegar el invierno, el cultivo entra en reposo y en noviembre se corta el agua para inducir la maduración y, poco después, se elimina el follaje a mano o con quemadores de gas dejando el terreno listo para que, con la llegada de enero, broten las primeras varas, conocidas como turiones, listas para cosechar.

El estándar de corte es de nueve pulgadas (23 cm), y la cosecha se prolonga de enero a abril, aunque algunos productores extienden su ventana hasta mayo para aprovechar los precios tardíos del mercado. 

En su primer año, un ensayo de corte puede rendir de dos a cuatro toneladas por hectárea; en años maduros, el rango puede ir de seis hasta 12 toneladas, dependiendo del manejo y condiciones climáticas.

LAS PLAGAS

El follaje del espárrago es refugio natural de fauna benéfica, lo que ayuda a reducir el uso de agroquímicos. Sin embargo, las amenazas no desaparecen: gusano y araña roja encabezan la lista, junto con mosquita blanca, pulgón y chicharra, aunque en los últimos años, el gusano saltarín se ha convertido en un reto particular en Caborca.

El manejo es preventivo, con énfasis en control biológico: hongos benéficos, bacterias como Bacillus thuringiensis y producción local de insectos útiles. Las enfermedades de raíz, como fusarium, son raras en zonas desérticas por el alto contenido de cloruros en el agua, pero pueden aparecer en suelos más pesados y húmedos.

En nutrición, el énfasis inicial es fósforo y enraizadores para estimular raíces, seguido de un balance con nitrógeno, pues conforme se acerca la cosecha, el potasio gana protagonismo para mejorar calidad y vida de anaquel. «Siempre buscamos un manejo integrado; es más limpio, más barato y, sobre todo, más sostenible», apunta Barancini.

COSECHA Y EMPAQUE

En Caborca y Hermosillo, el corte todavía es manual: la tecnología mecanizada no ha logrado igualar la precisión y velocidad de la mano de obra, aunque esta es cada vez más escasa por la competencia con otros cultivos de alto valor.

La clave está en reducir al mínimo el tiempo entre corte y empaque, ante lo cual el espárrago pasa primero por un prelavado con agua y ácido peracético, luego se clasifica –preferentemente de forma manual– por grosor y longitud, y se arma en mazos que pueden ir de 80 gramos hasta un kilo, según especificaciones del cliente.

Después, los mazos se enfrían rápidamente en un hidroenfriador para bajar la temperatura a 33–34 °F (0.5–1 °C), manteniendo frescura y calidad; las presentaciones más comunes son cajas de 2.5 a 5 kg, aunque algunas empacadoras manejan más de 100 formatos diferentes para mercados específicos.

LA RENTABILIDAD

El espárrago sonorense es un producto de exportación por excelencia que en la temporada de otoño, el 90% de la producción se dirige a Estados Unidos y el 10 % a Canadá. En la primavera, desde Caborca, el 60% se envía a EE. UU., el 10% a Canadá y el resto a destinos como la Unión Europea, Japón, Malasia, Singapur, Dubái y Hong Kong.

En términos de inversión, establecer una hectárea cuesta entre 10 mil a 12 mil dólares. El cultivo, bien manejado, puede ser productivo hasta por 12 años, aunque la utilidad anual varía: desde pérdidas de 1,000 dólares por hectárea en años adversos, hasta ganancias de nueve a 10 mil dólares en temporadas favorables y  en promedio, en años estables, ronda los cinco mil dólares por hectárea.

«Es un cultivo rústico en el campo, pero fino en el mercado», resume el entrevistado. «Exige agua administrada con precisión, cuidados permanentes y logística impecable, pero a cambio te abre las puertas de los mercados más exigentes del mundo».

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