Erick Lobo
El 24 de agosto de 2026, el INEGI confirmó un dato que merece mirar más allá del crecimiento general de la economía mexicana. Durante el segundo trimestre, entre abril y junio, el PIB avanzó 1.9 % anual, mientras las actividades primarias, que incluyen agricultura, ganadería, aprovechamiento forestal, pesca y caza, crecieron 4.8 %, más del doble que la economía nacional (INEGI, 2026).
El resultado destaca porque apenas tres meses antes el sector había registrado una contracción anual de 0.8 %. ¿Qué ocurrió en el campo mexicano para pasar de terreno negativo a convertirse en uno de los sectores de mayor crecimiento de la economía?
La trayectoria reciente aporta una primera explicación. Las actividades primarias habían retrocedido 1.2 % anual en el segundo trimestre de 2025, por lo que parte del avance actual responde a una baja base de comparación. Sin embargo, el efecto estadístico no basta para explicar el cambio de dirección respecto al inicio de 2026. Para entenderlo es necesario observar qué ocurrió con la oferta agropecuaria, la demanda interna y el comercio exterior (INEGI, 2026).
La composición del crecimiento permite identificar dónde estuvo el principal impulso. La agricultura concentró 65.3 % del incremento real del PIB primario y la ganadería 33.5 %, por lo que ambas actividades representaron prácticamente la totalidad del avance. Sin embargo, este desempeño no estuvo acompañado por un auge general de las ventas al exterior.
CONTRIBUCIÓN AL CRECIMIENTO DEL SECTOR PRIMARIO
Participación de cada actividad en el aumento del PIB primario, T2 2025 a T2 2026 (%)
- Agricultura: 65.3 %
- Ganadería: 33.5 %
- Servicios relacionados: 0.7 %
- Forestal: 0.6 %
- Pesca: -0.2 %
Durante el primer semestre de 2026, las exportaciones agropecuarias y pesqueras disminuyeron 4.0 % anual, mientras las importaciones aumentaron 8.7 % (Agricultura, 2026). El contraste indica que el impulso tuvo motores distintos al mercado externo y dirige la atención hacia el comportamiento de la oferta agrícola y pecuaria y su absorción dentro del país.
La trayectoria mensual refuerza esa lectura. En mayo, las actividades primarias llegaron a expandirse 7.7 % anual, uno de los mayores avances entre los grandes componentes de la economía (INEGI, 2026). Que esta aceleración coincidiera con exportaciones menos dinámicas sugiere un componente doméstico relevante. El campo no creció simplemente porque vendiera más fuera de México, sino en un contexto de mayor actividad productiva y demanda dentro del mercado nacional.
El entorno hídrico aporta otra pieza de la explicación. Al cierre de junio, solo 5 % del valor agrícola nacional se localizaba en municipios con algún grado de sequía, una situación considerablemente menos adversa que durante episodios recientes de estrés hídrico (Agricultura y CONAGUA, 2026). Una mayor disponibilidad de agua favorece los rendimientos, permite recuperar superficies y reduce pérdidas.
Para una agricultura todavía ampliamente expuesta a la temporal, la disponibilidad hídrica no es únicamente una variable climática, también es un factor económico que incide directamente sobre la productividad y los costos.
El desafío consiste en convertir una coyuntura favorable en capacidad productiva permanente. Tecnificar el riego, ampliar la infraestructura de almacenamiento y conducción de agua, incorporar semillas de mayor rendimiento, mecanizar procesos y facilitar la inversión permitirían reducir la vulnerabilidad frente al clima.
A ello debe sumarse la eliminación de regulaciones que encarecen o retrasan la modernización de las unidades productivas. El 4.8 % es una buena noticia, pero la prueba decisiva será sostener mejores resultados cuando las lluvias dejen de acompañar. Un campo competitivo se construye elevando su productividad, no esperando el siguiente buen temporal.

