El liderazgo agroalimentario mundial parecía inamovible durante décadas porque Estados Unidos marcaba el ritmo de los mercados, fijaba buena parte de las reglas comerciales y era el gran proveedor de alimentos del planeta. Sin embargo, la agricultura mundial ya no responde a la lógica de antaño, pues el tablero cambió y 2026 podría quedar registrado como el año en que se consolidó un nuevo orden agroalimentario.

De acuerdo con informes de inteligencia comercial, mientras Brasil está en vías de convertirse en la mayor potencia productora y exportadora del mundo, desplazando a Estados Unidos de la posición que mantuvo durante más de un siglo como el mayor productor mundial de soya, carne de res, aves y algodón, el comercio internacional entra en una etapa donde la competitividad ya no dependerá únicamente del tamaño de la producción, sino de la capacidad para producir más con menores costos, incorporar innovación, abrir mercados y responder a las exigencias ambientales y sanitarias de los consumidores. El propio informe identifica a 2026 como el punto de inflexión de ese relevo mundial.

Este escenario obliga a México a mirar hacia adelante. Nuestro país ya no puede conformarse con producir más toneladas, sino que debe producir con mayor productividad por hectárea, incorporar tecnología, fortalecer la sanidad e inocuidad, hacer un uso más eficiente del agua, reducir costos logísticos y, sobre todo, garantizar que la actividad agrícola siga siendo rentable para quienes viven del campo. Competitividad, productividad, sustentabilidad y rentabilidad deben convertirse en las cuatro columnas del agro mexicano.

En ese contexto, resulta interesante observar la política comercial que hoy impulsa Washington. Mientras el mundo agrícola se reorganiza, Estados Unidos ha optado nuevamente por una estrategia basada en aranceles, pues Canadá enfrenta gravámenes del 50 % sobre diversos productos, entre ellos leche y vino. México, por su parte, vive una situación igualmente peculiar: el T-MEC permanece sin una renovación definitiva y, paralelamente, el tomate mexicano enfrenta un arancel del 17.09 %, pese a tratarse de una de las cadenas agroalimentarias más eficientes y competitivas de América del Norte.

Paradójicamente, esos instrumentos comerciales aparecen en un momento en que México mantiene un importante superávit agroalimentario con Estados Unidos. Lejos de representar una amenaza para el consumidor estadounidense, la producción mexicana se ha convertido en un componente esencial de su seguridad alimentaria, abasteciendo frutas, hortalizas y otros alimentos durante prácticamente todo el año.

La historia reciente también deja otra enseñanza: las guerras comerciales rara vez producen únicamente ganadores, pues el propio conflicto arancelario iniciado en 2018 modificó de manera permanente los flujos mundiales del comercio agrícola, favoreciendo el crecimiento de Brasil en mercados como China, especialmente en soya y otras materias primas.

El informe que analizamos sostiene precisamente que esos cambios estructurales terminaron fortaleciendo el ascenso brasileño como nuevo centro exportador global.

Por ello, México debe evitar caer en una visión exclusivamente reactiva. Defender nuestros intereses comerciales será una política indispensable, pero igual de importante será acelerar la modernización del campo, ampliar la infraestructura logística, fortalecer la investigación científica, impulsar la agricultura regenerativa, consolidar la sanidad agropecuaria y diversificar los destinos de exportación, ya que, en lugar de producir más, producimos cada día menos. Hoy solo producimos el 44.1 % de los alimentos que consumimos, ante la ausencia de políticas públicas reales de fomento para el sector agroalimentario. Además, ya nos situamos como el primer importador global de maíz y el segundo de granos y oleaginosas.

El nuevo mapa agroalimentario mundial no espera a nadie. Brasil entendió hace años que el liderazgo agrícola no depende únicamente de la tierra disponible, sino de una estrategia nacional de largo plazo. México posee ventajas extraordinarias: cercanía con el mayor mercado consumidor del mundo, una enorme diversidad climática, productores altamente especializados y un prestigio sanitario construido durante décadas.

La pregunta ya no es si Estados Unidos conservará o no la supremacía agrícola. La verdadera pregunta es si México aprovechará este reacomodo histórico para consolidarse como una de las grandes potencias agroalimentarias del siglo XXI o si dejará pasar una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse.

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Revista Agosto 2026

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