DOS ACTOS BASTARON PARA QUE LA PRESIDENTA CEDIERA EL PASO A LA MILITANTE. MÉXICO NECESITA QUE REGRESE LA PRIMERA
Sheinbaum no es López Obrador. O al menos no lo era. Aunque ejecutó promesas nefastas de su antecesor -como la reforma judicial-, había mostrado más prudencia que él.
En su primer año impulsó acciones contra políticos vinculados al crimen, como el Operativo Enjambre, que llevó tras las rejas incluso a funcionarios de su propio partido. Frente a Trump tejió la relación con pragmatismo y construyó acuerdos en medio de una agenda comercial compleja; no cayó en provocaciones y le dio su lugar a México. Con el sector privado, abrió más la interlocución que en los seis años anteriores, y hacia su partido mantuvo relativa mesura. Reafirmó que nunca rompería con AMLO, pero sí tomó distancia de algunas de sus prácticas más costosas.
Dos actos bastaron para romper ese equilibrio.
El primero fue el discurso por el segundo aniversario de su triunfo electoral. La serenidad cedió a la estridencia: la militante equiparó soberanía con protección a políticos sospechosos de actividades ilícitas y acusó a Estados Unidos de intervenir con intereses oscuros en la política nacional. Como en los tiempos de las guerras ideológicas, denunció una conspiración de las ultraderechas globales -incrustadas también en México- para impedir la consolidación del régimen que busca instalarse en el país. Si ese régimen consiste en proteger delincuentes, los mexicanos debemos pensarlo dos veces antes de concederle la razón.
El segundo, y quizá más lamentable, fue la epístola funesta de López Obrador. Bajo el pretexto de dirigirse a Trump para llamarlo a razón y recordar la buena relación que existía entre ambos como presidentes, aprovecha para dar línea y estrechar el margen de la presidenta. Más allá de la memoria selectiva, su “por el bien de todos, que regrese el otro Trump” revela un trasfondo más grave: la convicción de que el único líder del movimiento es él. El mensaje combinado es claro: recordar a sus seguidores dónde y cómo se ejerce el liderazgo y fijarle a Sheinbaum una función: proteger a toda costa al partido-gobierno, por encima del interés del país. Hoy serán unos gobernadores señalados; mañana, un círculo más amplio que podría llegar hasta La Chingada.
Ni la estridencia chauvinista contra nuestros socios comerciales ni la expresidente que sueña con un nuevo maximato le convienen a México. El país necesita prudencia, pragmatismo y sensibilidad para atender sus problemas, empezando por acabar con la colusión del poder público con el poder criminal. A ese camino debe volver la presidenta.
Por el bien de todos, que regrese la otra Sheinbaum.
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