«La flor de  Nochebuena mexicana es única. Ningún híbrido importado iguala la resistencia de las antiguas cuetlaxóchitl que aún conservamos en Jalisco», dice la viverista Marisela Ruvalcaba

Por Amado Vázquez Martínez / Tierra Fértil

La Flor de Nochebuena es quizá la planta mexicana más universal. Su nombre botánico es Euphorbia pulcherrima, pero su origen profundo está en la palabra náhuatl cuetlaxóchitl, «flor de cuero», en referencia a la textura de sus brácteas.

Crece de manera natural desde Sinaloa y Jalisco hasta Chiapas y Guatemala y hoy existen más de 150 variedades comerciales en el mundo, además de miles de líneas experimentales con colores que van del rojo tradicional al mármol, salmón, blanco, crema, lila e incluso dorado metálico.

Antes de convertirse en un icono global, la Nochebuena fue una flor ritual. Los mexicas la usaban para teñir telas, en ceremonias del solsticio y como ofrenda a sus deidades. Fray Bernardino de Sahagún la describió como una planta que «se torna de un colorado vivo cuando el sol mengua», referencia al fotoperiodo que hoy controlan los invernaderos modernos.

Su expansión internacional ocurrió tras un episodio histórico que aún incomoda: en 1825, el embajador estadounidense Joel R. Poinsett llevó ejemplares a Carolina del Sur y la registró con su apellido: Poinsettia. Durante décadas se difundió la falsa idea de que era una planta “americana”, ocultando su origen indígena y su domesticación en México.

Aun así, el país mantuvo viva su tradición productiva. Estados como Morelos, Puebla, Michoacán y Jalisco consolidaron corredores ornamentales, y familias pioneras como los Calderón, Vargas, Curiel, Rubalcaba y numerosos viveristas de Zapopan y Tlajomulco abastecen hoy al Occidente del país.

LA VENTA

«La Nochebuena mexicana es única. Ningún híbrido importado iguala la resistencia de las variedades antiguas de cuetlaxóchitl que aún conservamos en Jalisco», afirma la viverista Marisela Ruvalcaba, heredera de más de cuarenta años de tradición familiar.

Aunque Morelos es el corazón productor del país, Jalisco se ha convertido en una potencia regional: viveristas del corredor Zapopan–Tala–Tlajomulco estiman que aquí se producen entre 3 y 4 millones de macetas por temporada, muchas de ellas destinadas a Guadalajara, Los Altos, la Costa y municipios del Bajío.

A nivel nacional, la producción ronda los 30 millones de macetas, lo que significa que una de cada diez proviene de manos tapatías. En zonas como Tesistán, San Esteban, Tabachines o El Colli se concentran viveros familiares con décadas de experiencia.

«Aquí trabajamos desde maceta de seis y ocho pulgadas hasta ejemplares de tres galones», explica Marisela. «Lo importante es acompañar la planta todo el año: preparar el sustrato, cuidar la humedad y vigilar que no entre cenicilla».  

 Producir una Nochebuena no es trabajo de temporada. Comienza en julio, cuando se prepara el sustrato que combina tierra de encino y jal. El primer paso es desinfectarlo o solarizarlo para prevenir plagas.

Los esquejes, de 10 a 15 cm, se plantan con una separación de 20–30 cm entre macetas para evitar propagación de enfermedades. El invernadero debe mantenerse cerrado para controlar el fotoperiodo, indispensable para el enrojecimiento de las brácteas.

El plan de nutrición incluye fórmulas ricas en N-P-K y micronutrientes quelatados  para rápida absorción.

La cenicilla es la plaga más común: «En octubre no hay margen de error: si entra la cenicilla, la planta se pierde», advierte Marisela.

«Yo crecí entre macetas, tierra y esquejes. Producir Nochebuenas es parte de la vida». — Marisela Ruvalcaba / PRODUCTORA  

El riego se aplica tres veces por semana y aumenta conforme se acerca la venta para evitar deshidratación.

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