EL INVESTIGADOR DEL CUCBA DE LA UDEG, ROGELIO LÉPIZ ILDEFONSO, HA DEDICADO GRAN PARTE DE SU VIDA A RESCATAR, ESTUDIAR Y DESARROLLAR NUEVAS VARIEDADES DE SUPERFRIJOLES UTILIZANDO ESPECIES NATIVAS
Por Amado Vázquez Martínez / Tierra Fértil
En los surcos olvidados del campo jalisciense todavía sobreviven personajes e historias que el país parece haber decidido sepultar bajo toneladas de híbridos, agroquímicos y modernización acelerada, historias silenciosas como la de variedades nativas del frijol y el maíz que alguna vez alimentaron pueblos enteros y que hoy apenas resisten en bancos de germoplasma, cuadernos de investigación o parcelas experimentales.
Una de esas historias tiene nombre y apellido: Rogelio Lépiz Ildefonso.
Agrónomo, investigador y fitomejorador de plantas del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA) de la Universidad de Guadalajara, el doctor Lépiz ha dedicado gran parte de su vida a rescatar, estudiar y desarrollar 22 nuevas variedades de frijol a lo largo de su vida y ocho en Jalisco, donde este cultivo prácticamente desapareció del paisaje agrícola.
Mientras México discute soberanía alimentaria y dependencia de importaciones, él lleva décadas trabajando en silencio sobre una de las leguminosas más antiguas de Mesoamérica y en el proceso creó ocho variedades mejoradas de frijol adaptadas a Jalisco.
«El maíz empezó a aumentar las densidades de población… y se olvidaron ya del frijol».
Dr. Rogelio Lépiz Ildefonso, investigador y fitomejorador del CUCBA-UdeG.
EL ESTADO QUE PERDIÓ SU FRIJOL
Pocos recuerdan que Jalisco fue, durante buena parte del siglo pasado, una potencia frijolera, ya que entre 1964 y 1965 se sembraban cerca de 480 mil hectáreas de frijol en asociación con maíz.
Los campos estaban cubiertos de variedades trepadoras y enredadoras que crecían abrazadas al tallo del maíz, en un sistema agrícola heredado desde tiempos mesoamericanos.
Aquellos cultivos no eran uniformes. Existían cientos de variedades nativas como el garbancillo zarco, morado de agua, cejita y decenas más que cambiaban de color, tamaño y sabor dependiendo de la región; pero muchas desaparecieron del campo y algunas sobreviven únicamente resguardadas en bancos de germoplasma.
La transformación agrícola terminó expulsando al frijol. La mecanización, el uso de herbicidas, la agricultura comercial y, sobre todo, el incremento en la densidad de siembra del maíz fueron cerrando el espacio físico donde antes convivían ambas especies. El maíz pasó de 35 mil plantas por hectárea a casi 100 mil. Ya no había lugar ni siquiera para la maleza, mucho menos para el frijol trepador.
El resultado fue devastador.
Hoy Jalisco apenas siembra alrededor de 18 mil hectáreas de frijol. De producir y exportar, pasó a importar cerca del 70 por ciento de lo que consume, principalmente desde Sinaloa y estados del norte del país.
EL CIENTÍFICO QUE DECIDIÓ RESISTIR
En medio de ese abandono, Rogelio Lépiz optó por hacer algo que pocos investigadores hacen: seguir creyendo en el cultivo.
Durante años recorrió regiones del occidente mexicano recolectando semillas nativas y preservando materiales genéticos que estaban desapareciendo junto con las viejas formas de agricultura familiar. Hoy conserva alrededor de 300 variedades de frijol nativo, principalmente trepador, dentro del CUCBA.
Pero no se quedó únicamente en la conservación y se decidió a mejorarlas mediante todo un proceso científico.
A través de procesos de selección genética, cruzamientos y adaptación agronómica, desarrolló ocho variedades arbustivas capaces de sembrarse bajo esquemas modernos de producción mecanizada.
Cuatro provienen de procesos de introducción y selección; otras cuatro fueron obtenidas mediante mejoramiento genético formal y cuentan con título de obtentor registrado por la Universidad de Guadalajara.
Son, literalmente, frijoles creados en Jalisco para las condiciones agrícolas de Jalisco.
LOS NUEVOS SUPERFRIJOLES
Entre las variedades desarrolladas destacan Fragolita, Cuarenteño y Payojal, además de un nuevo tipo peruano aún en proceso de registro.
No se trata solamente de cambiar el color o tamaño del grano.
El objetivo fue desarrollar materiales con mayor rendimiento, resistencia a enfermedades y adaptación climática. Dos de las amenazas más graves para el frijol jalisciense —la antracnosis y la bacteriosis de halo o tizón de halo— fueron consideradas en el proceso de selección.
LOS RESULTADOS SON NOTABLES
Mientras el promedio nacional ronda entre 700 y 800 kilos por hectárea, algunas de las variedades desarrolladas en el CUCBA pueden superar tonelada y media bajo temporal bien manejado y hasta dos toneladas por hectárea en condiciones favorables.
En el noroeste mexicano, donde existe agricultura de riego más tecnificada, los potenciales productivos son incluso mayores. Sin embargo, el problema ya no es científico sino estructural, asevera el experto en frijol.
EL ABANDONO DEL CAMPO…
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