
Por Andrés Canales Leaño | Director General
El T-MEC no solo es un tratado comercial, es la columna vertebral de nuestras exportaciones agroalimentarias, puesto que en 2024, México se consolidó como primer proveedor de alimentos a Estados Unidos, con un superávit histórico en hortalizas, aguacates, berries, tequila y cerveza… mientras que por parte de EE. UU. recibimos otros productos, todo lo cual depende de un principio esencial: comercio libre de aranceles entre los tres socios de Norteamérica… A lo anterior debe sumarse la posibilidad de que el Gobierno Mexicano y Brasil evolucionen el PACIC a un acuerdo comercial amplio tipo TLC, el cual afectaría seriamente al sector agroproductivo nacional.
El T-MEC se va a revisar, pero no sabemos si se llevará a cabo una negociación completa o solo una revisión parcial, pero sin duda es el momento para definir ajustes y abrir el debate sobre qué funciona y qué no.
El mensaje debe ser firme: ningún retroceso en acceso libre de aranceles porque el agro mexicano no puede permitirse cuotas ni restricciones estacionales que pongan en jaque a productores de jitomate, berries, aguacate o ganado.
De eso dependerá que sigamos enviando más de 50 mil millones de dólares en exportaciones agroalimentarias, que sustentan millones de empleos rurales y sostienen cadenas binacionales de abasto y cabe señalar que para Estados Unidos y Canadá también es negocio: sus productores de granos, carne y lácteos abastecen al mercado mexicano sin pagar impuestos de importación.
El equilibrio está en juego: Si un país cierra la puerta con aranceles o medidas sanitarias discrecionales, se rompe la esencia misma del T-MEC.
Entre los principales retos está la sanidad e inocuidad y por ello hay que asegurar reglas claras y plazos definidos en protocolos fitozoosanitarios para evitar bloqueos técnicos disfrazados de medidas sanitarias.
En cuanto a la biotecnología y semillas deben definirse criterios regionales frente a la edición genética (CRISPR) y organismos mejorados, sin dogmas, para no quedar rezagados frente a competidores y además, deben lograrse acuerdos sobre la «logística fronteriza»: Modernizar cruces y agilizar inspecciones.
Pero también es de vital importancia abordar el tema de las controversias agrícolas: Evitar que se repita el diferendo del maíz transgénico, negociación que debe basarse en evidencia científica, no en percepciones políticas.

Riesgos de un TLC con Brasil
Por otra parte, la posible ampliación del Acuerdo de Complementación Económica No. 53 (ACE 53) hacia un Tratado de Libre Comercio con Brasil plantea serios riesgos para la agricultura y la ganadería mexicanas.
Y es que las asimetrías estructurales entre ambos países son profundas: Brasil es una potencia agroexportadora con más del doble de superficie agrícola, mayor disponibilidad de agua, fuerte inversión pública en ciencia y tecnología e infraestructura superior; México, en contraste, conserva una estructura productiva fragmentada, con gran peso de pequeños productores orientados al mercado regional.
Un tratado comercial amplio generaría competencia desleal y el desplazamiento productivo mexicano en sectores sensibles como el porcino, bovino, avícola, lácteos, frijol, papa, azúcar, café, cítricos y hortalizas. Las cifras ya muestran la desventaja: en la última década el déficit agroalimentario con Brasil superó los nueve mil 700 millones de dólares.
El programa PACIC, al exentar aranceles, aceleró el fenómeno: las importaciones de despojos de ave crecieron más de 700% y la carne de cerdo brasileña ingresó por primera vez al mercado mexicano.
A los riesgos económicos se suman los sanitarios, porque Brasil aún registra plagas y enfermedades como la fiebre aftosa y la mosca del Mediterráneo, ausentes en México. Una apertura indiscriminada pondría en riesgo el estatus fitozoosanitario que hoy sustenta las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos, Canadá y Asia.
El tema también toca la geopolítica: Un acercamiento preferencial con Brasil podría interpretarse en Washington como un alineamiento hacia los BRICS, generando tensiones con nuestro socio estratégico del T-MEC.
México debe evitar que el ACE 53 evolucione hacia un acuerdo comercial tipo TLC pleno con Brasil y más que liberalizar sin condiciones, conviene reforzar la cooperación técnica, mantener exclusiones estratégicas y proteger la competitividad y sanidad del campo nacional porque la prioridad debe ser consolidar el T-MEC trilateral con EE. UU. y Canadá para blindar la soberanía agroalimentaria mexicana.

