Por Amado Vázquez Martínez

La horticultura protegida cobra gran importante porque produce vegetales todo el año pese al cambio climático, producidas en enormes invernaderos de Estados Unidos y Europa (y por supuesto, de México, séptimo productor de hortalizas), pero el problema es su huella de carbono, seis veces superior a la de cultivos al aire libre, pero parece la única opción para alimentar a 10 mil millones de personas en el año 2050. 

Lo anterior, de acuerdo al ensayo «El futuro de la agricultura tiene un problema», publicado en el New York Times el 24 de junio de 2022 por William Alexander, autor de  «Diez tomates que cambiaron el mundo», (Ten Tomatoes That Changed the World: A History). 

«Estudios realizados en Estados Unidos, Europa y Canadá calculan que, en promedio, la producción de medio kilo de tomates en un invernadero estadounidense o del norte de Europa con energía procedente de combustibles fósiles libera entre 1.36 y 1.5 kilogramos de carbono a la atmósfera», seis veces más que un tomate cultivado a cielo abierto.

La revolución silenciosa de la agricultura protegida es la mas disruptiva desde Cyrus Mcormick, el inventor de la cosechadora, pues cada vez más vegetales se cultivan en invernaderos en un entorno controlado de manera intensiva para ayudar al planeta… aunque paradójicamente «amenaza con calentarlo aún más».

Sin embargo, en el caso de los tomates, los de invernadero tienen una gran expansión, debido al éxito de estas operaciones de alta tecnología y alta densidad, particularmente en México y Canadá, pues según cifras de Blueprints Edition de noviembre del 2021 publicadas en su macrositio https://www.producebluebook.com, el 35% de estos vegetales fueron cultivados de esa forma porque rinden 400% más que a cielo abierto con menos agua e insumos.

Esto representa «gases de efecto invernadero» y cita que aunque existen esfuerzos para hacer que la agricultura protegida sea más eficiente desde el punto de vista energético, al colocarlas en zonas de plantas de tratamiento de agua o energía, o incluso si utilizan electricidad renovable, siempre usan gas natural para la calefacción porque es más barato. 

El autor ejemplifica el caso de la huella de carbono del tomate, del que diversos estudios realizados en Europa, Estados Unidos y Canadá (https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/jiec.12169), calculan que la producción de medio kilo de tomate en invernadero estadounidense o del norte de Europa con energías de combustibles fósiles libera entre 1.36 a 1.5 kilos de carbono a la atmósfera, equivalente a seis veces la huella de carbono de un tomate cultivado a cielo abierto. 

Quienes impulsan este sistema creen que hay pocas opciones para producir alimentos para 10 mil millones de personas que habrá en el año 2050 porque debe aumentarse la producción de alimentos de un 60 a un 100 por ciento. 

 «¿De dónde saldrán estos alimentos adicionales?», se pregunta y cita que Neil Mattson, de la Universidad de Cornell, considera que al menos los tomates y la mayoría de las verduras se producirán en invernadero.

Los expertos ponen en la balanza la generación de los gases de invernadero (energía fósil), contra el  hecho de producir con mayor calidad, mayor control de la seguridad alimentaria y de los insectos, así como de enfermedades mediante el uso de insectos y microbios benéficos.

«Entonces los invernaderos serían una obviedad» ante el calentamiento global, aunque la conclusión final consiste en que en el futuro inmediato «cultivar tomates en un suelo calentado por el sol y regado por la lluvia nos parecerá un día tan anticuado como cosechar trigo con una guadaña».

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Revista Julio 2022

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